martes, 4 de agosto de 2009
martes, 12 de mayo de 2009
Fusilamiento
Murmullos en el ambiente. Una tensión irradia cada uno de los pelos de mi cuerpo. Vuelven a sonar los disparos y un liquido muy frío salpica contra mi cara. Un escalofrío eterno me estremece los músculos y los sentidos. Se puede apreciar el sonido de los pies al ser arrastrados por el suelo. De golpe todo queda en calma, en silencio, como si una gran tormenta hubiera pasado. Un llanto ahogado chirría en mi cabeza. Son los sollozos de una niña, solo es una niña. Vuelven a sonar los disparos que amartillan mi cerebro y una calma mayor aparece envolviendo todos y cada uno de los corazones que allí habitan y allí morirán. Las lagrimas resbalan por mi mejilla y vuelve el recuerdo de aquella infancia perdida. Soy el que menos tiene que perder. Soy el único que no tiene nada que perder...
Oscar Palenque Garcia
Oscar Palenque Garcia
lunes, 12 de enero de 2009
Cobarde y ciego
Todo empezó una noche cualquiera. No había luna llena, ni caían cometas y yo no estaba en buenas condiciones, ni mucho menos. Hacía una semana de la muerte de mi abuela, eso quería decir que me había quedado solo en el mundo. Ni siquiera podía decir que mis amigos me estaban ayudando a superarlo, ya que hacía años que no sabia que eran los amigos.
Esa noche me había planteado ir al bar del fin del mundo y beber hasta perderme entre tapas de váter y esquinas oscuras. Tan solo me había bebido el segundo whisky cuando una voz hablo a mi espalda " los problemas de la vida no se solucionan con la bebida ". Iba a girarme para hacer que se largara, pero al girarme me encontré con un fondo de muchedumbre y humo. Al bajar la mirada pude verla, allí, sentada en su silla de ruedas. Ni siquiera le conteste, me gire y pedí otro whisky. Me lo bebí de un trago, y al volver a girarme ella había desaparecido. Al cabo de una hora y 8 whiskys me encontraba besando la tapa del váter. Hacía mucho que no tenia una sensación más agradable. No recuerdo haber salido del local y mucho menos como llegue a casa, solo recuerdo haber abierto los ojos un segundo y encontrarme sentado sobre alguien y desplazándome a la vez.
Al despertarme a la tarde siguiente tenia 6 llamadas y un mensaje en mi contestador. Todas pertenecían al mismo número. Como era de esperar lo borre todo. Incluido su número. Ni siquiera me digne a escuchar el mensaje...
Oscar Palenque Garcia
Esa noche me había planteado ir al bar del fin del mundo y beber hasta perderme entre tapas de váter y esquinas oscuras. Tan solo me había bebido el segundo whisky cuando una voz hablo a mi espalda " los problemas de la vida no se solucionan con la bebida ". Iba a girarme para hacer que se largara, pero al girarme me encontré con un fondo de muchedumbre y humo. Al bajar la mirada pude verla, allí, sentada en su silla de ruedas. Ni siquiera le conteste, me gire y pedí otro whisky. Me lo bebí de un trago, y al volver a girarme ella había desaparecido. Al cabo de una hora y 8 whiskys me encontraba besando la tapa del váter. Hacía mucho que no tenia una sensación más agradable. No recuerdo haber salido del local y mucho menos como llegue a casa, solo recuerdo haber abierto los ojos un segundo y encontrarme sentado sobre alguien y desplazándome a la vez.
Al despertarme a la tarde siguiente tenia 6 llamadas y un mensaje en mi contestador. Todas pertenecían al mismo número. Como era de esperar lo borre todo. Incluido su número. Ni siquiera me digne a escuchar el mensaje...
Oscar Palenque Garcia
sábado, 22 de noviembre de 2008
La muerte de Dios
La niebla, el vaho, y el humo de mi cigarro hacían un contraste casi lírico. Mientras el tren pasaba volando en llamas sobre mi, dejando atrás un cielo rojizo de otoño, solo un pensamiento rondaba por mi cabeza. Me quedaban pocos minutos de vida, había perdido el tren al infierno y tendría que ir al cochambroso y desnutrido cielo. Suerte que aun tenía en mi poder la paloma negra. Solo necesitaba ensuciar de mis farsas a un alma pura y caritativa, hasta volverla negra como el azufre y llenarla de oscuros pensamientos y malversaciones. Tiré el cigarro y eche a volar en busca de Dios...
Oscar Palenque Garcia
sábado, 26 de julio de 2008
Revoltijo de sentimientos
Daniel paseaba a la luz de la luna. Era casi media noche y la humedad y el sofoco de la ausencia le hacían sentir un sudor frió. Tenia las mejillas rojas y los talones cansados. Acababa de salir de casa a por un solo pensamiento, pero a cada paso que se alejaba de su vida la ropa le pesaba cada vez mas. Empezó a deambular sin rumbo, sin horizonte. Intentaba poner la mente en blanco pero era imposible. El pasado le soplaba en el cuello y hacia que se le erizaran los pelos de los brazos y se le estremecieran los remordimientos. Él sabia que la decisión había sido la correcta, pero unas solas palabras le hacían dudar. El corazón contra la mente. Y no sabia cual estaba de cada parte. Pensaba que el corazón estaría con el pasado, ya que sino los remordimientos se esfumarían, pero no lo tenia claro, o no quería tenerlo tan claro. Aún faltaba mucho para la gran lucha de sentidos, pero tenia que prepararse. Se volvería frió? Duro como una piedra? Insensible? Solo el tiempo lo sabia. Le venían a la mente los dados, la probabilidad. Había sacado un seis pero se decidió por el cinco. Lo que el no sabia era que el seis le dejaba volver a tirar...
Oscar Palenque Garcia
Oscar Palenque Garcia
jueves, 5 de junio de 2008
Juego de azar
Abecés pienso que tal vez habría sido mejor hacer caso a mis impulsos, aunque, después de tanto tiempo aguantando-los, porque tirar ahora la toalla y disfrutar por un tiempo? si después, al llegar el final, que tarde o temprano llega, todo lo logrado, o ganado, se iría por la borda? Es una sensación extraña. Con los sentimientos nunca se sabe, a veces crees que sientes algo y decides hacer caso a tus impulsos, y resulta que te estabas equivocado, que aquello que sentías en realidad era otro sentimiento, no muy lejano al otro, pero con bastantes diferencias. En un juego de azar, a veces aciertas y sientes la felicidad momentanea, la real, y a veces te arrepientes. La cuestión es: es mejor hacerlo y luego arrepentirse? Ya por haberlo jodido todo, o bien, no hacerlo, y arrepentirte siempre, y quedarte con la duda de, y si? El ser humano es muy impredecible, y por eso es tan bello. Pero cuando cierro los ojos y veo lo que podría haber sido, me arrepiento de no haber hecho ese y si. Pese a ello, luego vuelvo a la realidad y en el fondo, muy en el fondo, y superficialmente hablando, me siento orgulloso de mi mismo y satisfecho de mis actos, no todos, pero si una mayoría. No hay que tentar a la suerte y mucho menos jugar con los sentimientos. El dolor esta siempre, tanto física como psicologicamente, pero el que de verdad duele, es el que deja una marca para siempre, una marca imborrable y invisible, es el psicológico. Así que en conclusión, espero, y es lo que creo, haber hecho bien al conservar los ases, en vez de jugar-mela por conseguir los reyes. Siempre tendré los ases junto a mi.
Oscar Palenque Garcia
Oscar Palenque Garcia
miércoles, 23 de abril de 2008
Presa de sus lágrimas
Sollozos y lágrimas de sangre salían ahogadas de dentro de ese lavabo. Anaïs se hallaba dentro de la bañera en posición fetal, con el agua ardiendo cayéndole encima. Notaba como su cuerpo, ahora ya no virginal por los acosos sufridos, se iba limpiando con cada gota, como si el agua pudiera hacer que mudara de piel cual serpiente.
De golpe ella escuchó sus pasos pisando cada vez más fuerte. En su andar se leía rabia, dolor, furia, maldad… Algo golpeó la puerta. Era él, estaba golpeándose de cabeza con la puerta, se había vuelto loco, una vez más…
-Cariño, ¡abre-me la puerta! ¿no querrás que me cabree? Si sólo quiero hacer las paces. No he sido yo, ha sido el alcohol…
No hacía más que poner escusas para negar su locura. Ella no respondía. No escuchaba, simplemente oía como las gotas golpeaban su suave piel como un murmullo de fondo que atormentaba su mente, a la vez que un pitido fatídico se le metía en el cerebro a modo de frase de suplicación que se le repetía: Lo siento, lo siento, lo siento… No pudo aguantar más el tormento, exhaló aire y dejó volar un grito angustioso que le puso los pelos de punta incluso a su agresor, también llamado, por los que no lo conocen, novio.
Al poco rato, cuando el baño ya estaba inundado de agua teñida de rojo, sonó una sirena de fondo. Una vecina había llamado a los servicios de seguridad, a la ley, a los “buenos”, a la policía.
De repente una pequeña explosión se escuchó dentro del piso. Entraron los Geos y parecía que hubiera pasado un vendaval. La tele en el suelo, las sábanas rojizas tiradas por todas partes, jarrones y cojines desparramados por el piso y rotos en mil pedazos. Oyeron un disparo y acudieron corriendo. La siguiente imagen que recuerdan es la de un hombre, ya no tan joven, con barba, en calzoncillos, tirado en el suelo, con una pistola en la mano y un agujero en el cráneo. A su espalda una puerta cerrada, llena de arañazos y de golpes. La abrieron pero ya era demasiado tarde. Anaïs se hallaba dentro de la bañera, con los ojos abiertos, mirando hacia el cielo, pero con la cabeza sumergida en el agua. La boca abierta. El pelo flotando como si de un ángel se tratara. Una imagen escalofriante.
La sacaron del agua, querían revivirla. Boca-boca, presión en el pecho, el agua en sus pulmones, ahora por su tráquea. Toda. Sacó toda el agua junto con sangre y la comida de aquel día. Una sirena de fondo, luces blancas, y muchas voces es lo único que ella recuerda. Todo lo demás sucedió en el hospital. Estaba viva, había sobrevivido a aquella fiera, y pese a todo, de algún modo, había escapado de sus garras.
Una nueva vida le aguardaba ahora. A sus diecisiete años aún tenía mucho por delante, y una cosa tenía clara, no volvería a ser presa de nadie. Nadie.
Oscar Palenque Garcia
[ St. Jordi, 2008, 1r premio prosa ]
De golpe ella escuchó sus pasos pisando cada vez más fuerte. En su andar se leía rabia, dolor, furia, maldad… Algo golpeó la puerta. Era él, estaba golpeándose de cabeza con la puerta, se había vuelto loco, una vez más…
-Cariño, ¡abre-me la puerta! ¿no querrás que me cabree? Si sólo quiero hacer las paces. No he sido yo, ha sido el alcohol…
No hacía más que poner escusas para negar su locura. Ella no respondía. No escuchaba, simplemente oía como las gotas golpeaban su suave piel como un murmullo de fondo que atormentaba su mente, a la vez que un pitido fatídico se le metía en el cerebro a modo de frase de suplicación que se le repetía: Lo siento, lo siento, lo siento… No pudo aguantar más el tormento, exhaló aire y dejó volar un grito angustioso que le puso los pelos de punta incluso a su agresor, también llamado, por los que no lo conocen, novio.
Al poco rato, cuando el baño ya estaba inundado de agua teñida de rojo, sonó una sirena de fondo. Una vecina había llamado a los servicios de seguridad, a la ley, a los “buenos”, a la policía.
De repente una pequeña explosión se escuchó dentro del piso. Entraron los Geos y parecía que hubiera pasado un vendaval. La tele en el suelo, las sábanas rojizas tiradas por todas partes, jarrones y cojines desparramados por el piso y rotos en mil pedazos. Oyeron un disparo y acudieron corriendo. La siguiente imagen que recuerdan es la de un hombre, ya no tan joven, con barba, en calzoncillos, tirado en el suelo, con una pistola en la mano y un agujero en el cráneo. A su espalda una puerta cerrada, llena de arañazos y de golpes. La abrieron pero ya era demasiado tarde. Anaïs se hallaba dentro de la bañera, con los ojos abiertos, mirando hacia el cielo, pero con la cabeza sumergida en el agua. La boca abierta. El pelo flotando como si de un ángel se tratara. Una imagen escalofriante.
La sacaron del agua, querían revivirla. Boca-boca, presión en el pecho, el agua en sus pulmones, ahora por su tráquea. Toda. Sacó toda el agua junto con sangre y la comida de aquel día. Una sirena de fondo, luces blancas, y muchas voces es lo único que ella recuerda. Todo lo demás sucedió en el hospital. Estaba viva, había sobrevivido a aquella fiera, y pese a todo, de algún modo, había escapado de sus garras.
Una nueva vida le aguardaba ahora. A sus diecisiete años aún tenía mucho por delante, y una cosa tenía clara, no volvería a ser presa de nadie. Nadie.
Oscar Palenque Garcia
[ St. Jordi, 2008, 1r premio prosa ]
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