El amanecer salió y el olor a pólvora y ceniza me estremeció. Una fría sensación volvió a recorrerme todo el cuerpo erizando cada uno de mis sentimientos, a la vez que una fría sensación de calor me subió de los pies al corazón, haciéndome recordar aquel sentimiento ya olvidado. Podía aún oír el tintineo de su risa. Su mirada. Todo volvió a mi golpeando mi cuerpo indefenso.
Había pasado un año, pero yo no podía dejar atrás la culpabilidad, el dolor. Siempre acababan alcanzándome como un cubo de agua fría en una mañana de invierno. Ya nada volvería a ser como entonces, y en mi interior aún quedaba algo, nadando en un inmenso y solitario océano. Y yo, seguía siendo el eterno naufrago de sus sueños. Un ruido penetró en mi tímpano como si una bomba puesta en mi corazón estallara. Pero no fue así. Solo eran truenos. Una tormenta acababa de estallar inundando mi islita en aquel océano perdido.
Su nombre era Bea, la dulce, indefensa y tierna Bea. Ella me robó el corazón y desapareció sin dejar rastro. La musa de mis sueños. Llegó a mi sin más, una vergonzosa tarde de otoño. Cierro los ojos y aun puedo verla junto a mi. Su seductora mirada consiguió volverme loco. Vuelvo a abrir los ojos, y todo lo que veo es su dulce rostro arrancándome mi pobre corazón y huyendo para siempre. Pero toda historia tiene un comienzo, y este es el mío.
Cuando miro al horizonte aun la diviso sonriéndome, timidamente, a la vez que el viento maltrataba su pelo, fino y castaño como el otoño, haciendo que se deslizara por sus frágiles dedos sensualmente. Por aquel entonces yo no entendía mucho de chicas y era muy tímido, pero aquella musa me arranco la vergüenza y con su canto de sirena hizo que me acercara a ella.
Mi corazón temblaba desesperadamente frente a ella. Extendió sus reinos impenetrables en esa playa, esa tarde, delante de ese corazón tembloroso. De mi corazón. Avancé hacia ella decidido a traspasar los reinos que nos separaban y restar junto a su lado, junto a las suaves alas que balanceaban su sombra. Me habría bastado con restar callado a su lado, para siempre, observándola, pero su voz rompió todos los silencios. La suya, era la voz más seductora de todas las criaturas.
- Hola. – dijo timidamente. Pasaron varios segundos hasta que reuní el valor suficiente para hablarle a esa mezcla de sirena y ninfa.
- Hola…me llamo Axel. – Me costaba respirar, me ahogaba al hablar, supongo que ella absorbía toda mi alma. Me daba vergüenza que talvez escuchara mi corazón latir, como cuando ponía la música al máximo y la vecina oía el bum-bum de los altavoces. Quería saber su nombre pero no me atrevía a preguntárselo, talvez por miedo a mover la boca y que de ella no salieran palabras…Me decidí a intentarlo, cuando sin más dilación se rompió el silencio y me lo rebelo.
- Bea.- Dijo aun más timidamente que antes.- Mi nombre es Bea.- me repitió, talvez porque estuve varios segundos con la boca entreabierta mirándola.
Me tragué mi vergüenza hasta dejarla en lo más hondo de mi interior y empecé a hablar con ella. Era nueva en la ciudad y no conocía a nadie.
No podría precisar cuanto tiempo paso hasta el siguiente encuentro. De hecho, creo que mi vida dejó de respirar en ese momento, y no volvió a hacerlo hasta que su mirada se encontró con la mía por segunda vez.
El encuentro fue breve. Era tarde, llovía como hacia años que no había llovido, y el bus parecía estar a punto de estallar de lo lleno que iba. Subí en el bus e intenté encontrar un sitio vacío donde dejarme caer.
Entonces la vi.
Estaba derecha en el fondo del bus. Busqué desesperadamente su mirada. Intenté alcanzar ese rostro y llegar a su lado.
Fue imposible. En ese momento creí que todo el mundo me odiaba y se puso en mi contra. Ella huyó. Vi a través de la ventana como su sombra corría bajo la lluvia.
El bus iba vacío.
Ande arrastrándome hasta donde había estado ella y encontré un papel doblado en el que con una letra preciosa ponía “ Axel ”.
Al leer mi nombre en ese papel mi corazón paro y caí al suelo. Me había desmayado. Cuando conseguí volver al mundo real, y desperté del sueño en el que paseábamos juntos por aquella playa desierta donde nos vimos por primera vez, vi aquella especie de nota en mi mano y recordé lo sucedido. Talvez me desmaye por el calor del autobús con la calefacción al máximo, talvez por el bullicio de gente sudando, o lo más creíble para mi corazón, por aquella nota.
Durante días, incluso semanas, cogí aquel autobús a la misma hora y me bajaba en aquella parada en la que había divisado su sombra entre la lluvia, cada día. Con la esperanza de volver a verla y perdernos en un arrebato de pasión.
Pasaron un par o tres semanas hasta que por fin la encontré. Estaba sentada, mirando los coches pasar por la ventana de aquel autobús que olía a azufre y gato muerto, y casualmente, había un asiento libre a su lado. Me apure para ponerme junto a ella antes que otra persona, pero no lo conseguí. Iba con su hermana pequeña. Me puse frente a Bea y la acaricié la suave piel de su rostro como si de algodón se tratara. Ella se sorprendió al verme, pero pronto reacciono y me dedicó la mejor sonrisa que podía, una sonrisa sincera, llena de ternura, amor y pasión, que no me dejó ni pensar. Mi corazón, a modo de cerebro, hizo que mis labios vírgenes se aproximaran a ella, y por fin, el momento que llevaba esperando durante mucho tiempo con angustia, sucedió. La bese. La bese tan lenta y sensualmente que notaba sus labios carnosos entre los míos, deshaciéndose, mientras mi corazón aceleraba cada vez mas y mas hasta que su hermana nos interrumpió. Era su parada. Se puso en pie, cogió su bolso, lo abrió y de él sacó una especie de tarjeta de cartón y me la extendió. Yo ni la miré, le guardé directamente, estaba demasiado obsesionado con sus labios, del más dulce de los caramelos, y sus ojos brillantes de amor. Cogió a su hermana del brazo y bajaron del autobús.
...Anónimos...