Sollozos y lágrimas de sangre salían ahogadas de dentro de ese lavabo. Anaïs se hallaba dentro de la bañera en posición fetal, con el agua ardiendo cayéndole encima. Notaba como su cuerpo, ahora ya no virginal por los acosos sufridos, se iba limpiando con cada gota, como si el agua pudiera hacer que mudara de piel cual serpiente.
De golpe ella escuchó sus pasos pisando cada vez más fuerte. En su andar se leía rabia, dolor, furia, maldad… Algo golpeó la puerta. Era él, estaba golpeándose de cabeza con la puerta, se había vuelto loco, una vez más…
-Cariño, ¡abre-me la puerta! ¿no querrás que me cabree? Si sólo quiero hacer las paces. No he sido yo, ha sido el alcohol…
No hacía más que poner escusas para negar su locura. Ella no respondía. No escuchaba, simplemente oía como las gotas golpeaban su suave piel como un murmullo de fondo que atormentaba su mente, a la vez que un pitido fatídico se le metía en el cerebro a modo de frase de suplicación que se le repetía: Lo siento, lo siento, lo siento… No pudo aguantar más el tormento, exhaló aire y dejó volar un grito angustioso que le puso los pelos de punta incluso a su agresor, también llamado, por los que no lo conocen, novio.
Al poco rato, cuando el baño ya estaba inundado de agua teñida de rojo, sonó una sirena de fondo. Una vecina había llamado a los servicios de seguridad, a la ley, a los “buenos”, a la policía.
De repente una pequeña explosión se escuchó dentro del piso. Entraron los Geos y parecía que hubiera pasado un vendaval. La tele en el suelo, las sábanas rojizas tiradas por todas partes, jarrones y cojines desparramados por el piso y rotos en mil pedazos. Oyeron un disparo y acudieron corriendo. La siguiente imagen que recuerdan es la de un hombre, ya no tan joven, con barba, en calzoncillos, tirado en el suelo, con una pistola en la mano y un agujero en el cráneo. A su espalda una puerta cerrada, llena de arañazos y de golpes. La abrieron pero ya era demasiado tarde. Anaïs se hallaba dentro de la bañera, con los ojos abiertos, mirando hacia el cielo, pero con la cabeza sumergida en el agua. La boca abierta. El pelo flotando como si de un ángel se tratara. Una imagen escalofriante.
La sacaron del agua, querían revivirla. Boca-boca, presión en el pecho, el agua en sus pulmones, ahora por su tráquea. Toda. Sacó toda el agua junto con sangre y la comida de aquel día. Una sirena de fondo, luces blancas, y muchas voces es lo único que ella recuerda. Todo lo demás sucedió en el hospital. Estaba viva, había sobrevivido a aquella fiera, y pese a todo, de algún modo, había escapado de sus garras.
Una nueva vida le aguardaba ahora. A sus diecisiete años aún tenía mucho por delante, y una cosa tenía clara, no volvería a ser presa de nadie. Nadie.
Oscar Palenque Garcia [ St. Jordi, 2008, 1r premio prosa ]