jueves, 24 de enero de 2008

Algo le hizo abrir los ojos aquella noche de invierno. Los focos del estadio le iluminaban los ojos y le cegaban casi por completo. Estaba en medio del estadio. Tan solo se escuchaba el viento golpeando los miles de asientos vacíos. La lluvia empezó a caer cada vez con más intensidad y formo un estruendo de relámpagos, que junto con aquel viento esplendoroso formo una terrorífica y fría melodía. Su cara cortada por el frío, era cada vez más pálida. Por sus mejillas empezaron a caer lágrimas, que dejaban un hilo de fuego por su camino. El recuerdo empezó de nuevo a quemarle la cabeza. Su cuerpo se zarandeaba, no podía estar quieto, el dolor le podía. Era un impulso mayor a su fuerza. Empezó a saltar, dar vueltas sobre si mismo, hasta que no pudo soportar más y grito... Aquel berrido resonó en todo el estadio. La lluvia paro y el viento disminuyo su potencia. En unos segundos todo había desaparecido. No había dolor, no había nada. Su mente en blanco. Se había ido. Ahora a solas en cuerpo, mente y alma, cayó de rodillas y se echo a llorar, sin fin. Sin dolor. Sin nada...


Oscar Palenque Garcia

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