Aunque en mi interior el tiempo no transcurriera, las caras de esos niños con bufanda y con las mejillas rojas por el frió, la tímida nieve q llovía del cielo, y la noche oscura, me hacían creer que hoy, era la noche de reyes. Cientos de luces iluminaban mi camino, pero todas iban a parar al mismo punto. Siempre acababa siendo lo mismo... NO! no podía dejar que todo siguiera igual. Empecé a correr huyendo del pasado y de todas las luces. Ahora solo un camino existía en mi mente. La luna mi estrella, mi guía. Quería olvidarlo todo. Recordar el vacío. Cerrar los ojos, y no buscar tu sonrisa. Ni enredarme en tu pelo, como aquel entonces. No. Ya no. Todo aquello había acabado, y yo, ahora seguía a mi guía, la luna mi estrella. Seguí corriendo, cada vez más y más a prisa, escuchaba pasos tras de mi, no, no podía ser! Era el, el arrepentimiento, me perseguía a pocos metros. Frene en seco, cerré los ojos y desaparecí. Me traslade a mi mundo, donde nadie ni nada podía hacerme daño. Simplemente la Luna, mi amiga. Y empecé a arrancar las paredes de mi mundo. La que tú pintaste con el rojo carmín de tus labios. Ya nada merecía estar allí. Solo yo. Yo y mi mundo, a solas. Y me tumbe en silencio a mirar la luna. Susurraba algo. Parecía que quería contarme algo, importante, solo a mí, pero yo desde aquí a bajo no podía oírla. Volví a cerrar los ojos, esta vez con más fuerza y ansia, no podía resistirme a sus tentadoras palabras, me arrancaba del suelo y me atraía con su canto de sirena. Me elevé entre las estrellas, caminaba entre ellas, las acariciaba, las mimaba, era una sensación impresionante. Me fui abriendo camino hasta la Luna, su corazón sonaba cada vez más y más fuerte, y retumbaba en mis tímpanos. Y de repente, una extraña fuerza me tumbo, y me encontré en el suelo. Tumbado en las baldosas de mi habitación. Sin ella. Y sin su canto. Todo se había hecho difuso. En el momento en que alargue el brazo para tocar su brillante piel y para oír lo que susurraba, todo se desvanecido. Como si hubiera intentado llegar a algo prohibido. Desde entonces nunca volví a ser el mismo. Las horas caían sobre mi cabeza como martillazos. Las palabras de todos aquellos cercanos a mi, penetraban por mi cabeza pero no por mis oídos, y mucho menos por mis sentimientos. La indiferencia, la soledad y la tristeza reinaban en mí mundo ahora. Habían resurgido de las sombras en las que las había apartado. Se habían escapado de aquella especie de caja de Pandora, para venir a por mí, ahora que mi protectora ya no estaba.
...Anónimos...
martes, 8 de enero de 2008
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